viernes 4 de diciembre de 2009

¿BOLIVIA EVO-LUCIONA?

Las elecciones en Bolivia no se limitarán solamente a ratificar a Evo Morales en el poder, sino que determinarán importantes lineamientos en el futuro mediato e inmediato del país.
Todas las encuestas sitúan a Evo Morales como ganador de las elecciones presidenciales. Pero no está tan claro si el presidente virtualmente reelecto contará con la mayoría legislativa necesaria para trazar los lineamientos del nuevo Estado boliviano que él imagina.
Desde su llegada al poder, Evo Morales fue portador de numerosos y polémicos cambios.
Uno de ellos fue la nacionalización de los hidrocarburos, medida mediante la cual se obligó a que las empresas que explotaban los yacimientos -principalmente de gas- se transformaran en empresas mixtas, en las cuales Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia (YPFB) pasó a controlar al menos un 51 por ciento del capital. Esas empresas debieron entregar su producción a YPFB encargada entonces de la comercialización, de definir condiciones, volúmenes y precios tanto para el mercado interno como para la exportación y la industrialización. El estado Boliviano pasó a quedarse con el 82 por ciento de los ingresos y las petroleras con un 18 por ciento.
Otro de los cambios relevantes introducidos por Morales fue la distribución de las tierras. Mediante una serie de decretos se ordenó entregar títulos de propiedad de tierras estatales a campesinos humildes, en particular, indígenas. Esta medida es parte de un plan mucho más ambicioso: la nacionalización de los latifundios para su redistribución entre los trabajadores agropecuarios, históricamente en una situación de explotación.
Otro de los cambios, de fuerte repercusión política, fue la reforma de la Constitución Nacional. La Asamblea Constituyente de Bolivia cumplió nueve meses antes de redactar el primer artículo de la nueva Carta Magna, debido al boicot de la oposición cuyo bastión estaba en Sucre, sede de la Asamblea y la negativa del poder legislativo a trasladar la sede a otra ciudad donde hubieran las garantías necesarias para las reuniones. La iniciativa fue finalmente aprobada el 30 de noviembre de 2007, en medio de una crisis por el desconocimiento de la oposición a la legalidad de la asamblea. Su promulgación definitiva quedó condicionada ad referendum. Finalmente, el 25 de enero de 2009 se llevó a cabo la consulta para ratificar la nueva Constitución, que tuvo una participación del 90,26 por ciento y fue aprobada por el 61,43 por ciento del total.
De dicha reforma constitucional se desprende quizás el mayor interrogante que pende sobre la política boliviana: cómo será la composición de la primera Asamblea Plurinacional, el máximo organismo legislativo nacido de la nueva Carta Magna. El oficialista Movimiento al Socialismo (MAS), que ya en su primera etapa tuvo el control sobre la Cámara Baja, lucha por lograr la mayoría de los dos tercios que necesita en el Senado para poder sancionar todas las leyes que le permitan a Morales continuar con los cambios que viene implementando.
Pero no todo es color de rosa. Las principales instituciones democráticas bolivianas se encuentran incompletas o bien, son virtualmente inexistentes. No hay un Tribunal Constitucional y la Corte Suprema, la Fiscalía General y el Banco Central están en manos de interinos. La Corte Electoral está diezmada y sobrevive bajo el fuego cruzado del gobierno y la oposición. Éste vacío de poder institucional es el que Morales espera ocupar tras las elecciones.
Pese a que se lo asimila frecuentemente a su par venezolano, Hugo Chávez, Morales enfrenta una realidad diferente. Morales no es Chávez, aunque muchas veces deba recurrir a su respaldo internacional. No cuenta con los fabulosos ingresos procedentes del petróleo de los que si dispone el gobierno venezolado. La billetera de Morales es mucho menos abultada y los problemas de la mayoría de los bolivianos, tanto o más acuciantes que los de los venezolanos. Basta señalar que más de la mitad de la población del país se encuentra en situación de pobreza.
Como primer presidente de origen indígena en la historia de Bolivia, Morales tuvo que enfrentar numerosos desafíos, que se podrían resumir en dos: reivindicar los derechos de la mayoría étnica compuesta por los pueblos originarios bolivianos y, encarar un proceso de redistribución de la riqueza que alcance a los más desfavorecidos.
Pueden cuestionársele a Morales los métodos empleados, muchas veces reñidos con las reglas de juego de la democracia, sobre todo en lo que al respeto de los derechos de las minorías se refiere. Por momentos, su gobierno parece confundir “democracia” con “regla de la mayoría” y la democracia es cualitativamente superadora del gobierno de los más numerosos. De hecho, hay sectores de su gobierno que piensan que tras tantos años de opresión de los grupos indigenistas (55 por ciento de la población) por la minoría blanca, ilustrada, rica y poderosa (7 por ciento), es tiempo de revancha y ahora la mayoría puede y debe tomar las decisiones como le plazca. Sin embargo, si lo que se desea es construir las bases de una sociedad justa, con igualdad de derechos y de oportunidades y con libertad, la revancha no se encuentra entre las posibilidades. Los indígenas ocupan actualmente numerosos puestos públicos y participan más en la economía formal. Además, medidas como la entrega gratuita de los certificados de nacimiento o del título secundario han puesto nombre y apellido a mucha gente que se ha integrado a los circuitos estatales. El ascenso del poder indígena es un tema espinoso en Bolivia porque despierta temores de que acabe en un mero cambio de una elite por otra, en vez de buscar un equilibrio en la convivencia.
Pero una de las curiosidades más interesantes en este punto es el hecho de que más allá de los aciertos y desaciertos de Morales, o de su influencia sobre los sectores populares, la oposición es una masa amorfa, desarticulada y, en consecuencia, carente de posibilidades electorales razonables. Coexisten mercenarios políticos, líderes regionales que buscan una proyección nacional y los restos de los partídos políticos tradicionales.
Esta situación abre un signo de interrogación sobre lo que sucede con los partidos políticos en Bolivia y en otros países latinoamericanos. Porque pese a las casi permanentes denuncias de fraude por parte de las agrupaciones opositoras, los sondeos le otorgan unánimemente a Morales una mayor intención de voto. Simultáneamente, los observadores de la Unión Europea y de la Organización de Estados Americanos no manifiestan grandes objeciones respecto del proceso electoral.
Independientemente de los resultados de las elecciones, en las que se descuenta la victoria de Morales y es aun incierto lo que sucederá en el panorama legislativo, hay un dato que no puede escaparse. Bolivia, como otros países de la región, deberá regenerar su sistema de partidos políticos de manera tal de ofrecerle a la población alternativas válidas y con posibilidades ciertas de alternarse en el poder. Los partidos políticos deberían funcionar como auténticos laboratorios en los cuales se ensaye el arte de gobernar, para evitar improvisaciones que luego son costosísimas para los pueblos.
Nada le hará mejor a Evo Morales y al partido gobernante que una oposición sana y fuerte. De lo contrario, si del otro lado queda “la nada”, puede cometer el grueso error de considerarse “el todo”. La buena salud de la democracia es indispensable para determinar si en el futuro, Bolivia evoluciona.

viernes 27 de noviembre de 2009

¿A QUÉ VINO AJMADINEJAD A SUDAMÉRICA?

El paso del presidente iraní por Sudamérica despertó inquietudes tanto en la región como en los Estados Unidos. ¿Cuáles son los motivos de su visita al cono sur del continente?
Más allá de los numerosos acuerdos suscriptos, los abrazos y las demostraciones estridentes de camaradería con el presidente venezolano, Hugo Chávez, el eje de la gira sudamericana del primer mandatario de la República Islámica de Irán, Mahmoud Ajmadinejad, no fue Venezuela. Es verdad que los vínculos establecidos entre ambos países a partir de la relación personal que sostienen sus presidentes han ido en aumento y alcanzan diferentes planos, como el ideológico, el político, el económico, el financiero y el militar. Pero también es cierto que el gobierno de Venezuela es visto con recelo por buena parte de la comunidad internacional, al igual que su par iraní. Ambos encarnan distintos peligros, pero son interpretados como peligrosos por las principales potencias del globo, con los Estados Unidos a la cabeza. Irán y Venezuela comparten además intereses estratégicos a raíz del petróleo y su pertenencia a la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP).
Mahmoud Ajmadinejad visitó en Venezuela a su amigo Chávez y estrechó aún más una relación íntima. No pudo hacer pié en Argentina debido al reclamo que el gobierno local mantiene sobre el gobierno iraní, para que ponga a disposición de la justicia argentina a varios de sus funcionarios, acusados de haber participado del atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), acaecido en 1994.
Indudablemente el epicentro del viaje del mandatario iraní fue Brasil. El motivo más importante de la visita de Ajmadinejad a Sudamérica fue buscar apoyo por parte de Brasil y su presidente, Luis Inazio “Lula” Da Silva.
Dicho de otro modo, Ajmadinejad busca legitimidad para su gobierno en el escenario político internacional. Y si se busca legitimidad, es porque ella se encuentra lesionada o disminuida. De hecho, su reelección como presidente ha sido muy cuestionada en el plano interior y ha sido calificada por diversos actores políticos y sociales, iraníes y extranjeros como “fraudulenta”. Simultáneamente, la legitimidad del gobierno de Irán ante la comunidad internacional se desmorona a la misma velocidad que avanza su plan nuclear. La negativa iraní a que la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) inspeccione sus plantas de enriquecimiento de uranio y el rechazo en los últimos días de acceder a una alternativa consistente en trasladar el proceso de enriquecimiento de uranio a un tercer país, erosionaron aún más la ya deteriorada credibilidad del gobierno de Ajmadinejad en el exterior. Es por eso que las principales potencias del planeta, es decir, los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania y Japón, desconfían -no sin motivos- de las intenciones presuntamente pacíficas del programa nuclear iraní. Ajmadinejad no contribuye tampoco a la comprensión internacional cuando afirma, por ejemplo, que el Estado de Israel debería ser “borrado del mapa”.
Sin embargo, subestimar a Ajmadinejad o a la teocracia iraní sería un grave error. De hecho y, a pesar de su política de avanzar permanentemente sobre los límites que la comunidad internacional le impuso, el gobierno de Irán ha logrado sobrevivir a sanciones y acusaciones, consiguiendo soportar con nervios de acero el hecho de que su país esté rodeados por fuerzas militares estadounidenses. Recuérdese en este punto, que los Estados Unidos tienen presencia militar en el Golfo Pérsico al sur, en Irak al oeste, en Turquía al noroeste, en Arabia Saudita del otro lado del Golfo Pérsico y en Afganistán al este.
Un dato poco difundido, es que Irán es el principal proveedor de petróleo crudo a China e India. Simultáneamente, Irán mantiene una excelente relación diplomática con Rusia, cuyo gobierno ya no está dispuesto a perder influencia y aliados en Medio Oriente, como le sucediera tras el final de la Guerra Fría. China, India y Rusia. Solamente falta Brasil, dado que esos cuatro países son considerados como el grupo de potencias de “segundo orden” del sistema político internacional, denominados con la sigla BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Los cuatro tienen en común una gran población, un extenso territorio que les proporciona dimensiones estratégicas continentales, gran cantidad de recursos naturales, y presentan en los últimos años cifras de crecimiento de su PBI y de su participación en el comercio mundial que los hace atractivos como destino de inversiones.
Ajmadinejad quiso acercar a Irán al país BRIC que le faltaba, es decir, Brasil, buscando su apoyo en el plano internacional, a sabiendas que el gobierno brasileño se propone, no ya como potencia regional, sino mundial. Brasil, de gran coherencia política en las últimas décadas y con el plus de un presidente como “Lula” Da Silva que le aportó con su carisma y sus virtudes personales una presencia global aun mayor -recuérdese que goza de una popularidad de alrededor del 80 por ciento en su país y es reconocido como el presidente más conocido del planeta junto a Barack Obama- aspira a formar parte de los países que determinan las políticas mundiales.
El momento elegido por Ajmadinejad para visitar Brasil no es casual. Da Silva y Obama atraviesan un período de diferencias en cuanto a diversos temas de política internacional. Una de esas diferencias es con respecto a la crisis hondureña, en la cual el gobierno estadounidense dará como válidas las elecciones presidenciales del 29 de noviembre y las considerará como cierre definitivo de la disputa. El gobierno brasileño, por el contrario, considera que no debe soslayarse el hecho de que existió un golpe de Estado que debe ser condenado y debe restituirse al presidente depuesto Manuel Zelaya como presupuesto de la normalización institucional del país. La propia recepción de Ajmadinejad en Brasil es una forma de desafío al gobierno de los Estados Unidos. El mensaje del gobierno brasileño a su par norteamericano es “recibimos a quién queremos, cuándo queremos y si queremos”. Cómo si esto fuera poco, Brasil persigue desde hace ya varios años, un objetivo que lo situaría institucionalmente en la cúspide de los países más poderosos del planeta: una banca permanente en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. Dicho organismo, encargado de velar por la paz y seguridad planetarias, tiene 15 miembros, pero sólo cinco de ellos son permanentes y tienen el invalorable poder de veto: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China. Brasil tiene voluntad de poder y quiere legitimarla formando parte de ese exclusivo club de países.
La apuesta de Ajmadinejad es recuperar algo de legitimidad en el plano político internacional para poder llevar ese logro como un éxito a su país, de manera que le permita recuperar legitimidad también en el plano político local. Claudicar en el plan nuclear de su país significaría para él una derrota sin retorno. Por eso busca el apoyo de potencias de segundo orden que, simultáneamente, necesitan demostrarle al mundo que tienen “pasta” para ser líderes.
El gobierno de Brasil hace una apuesta más peligrosa, porque podría quedar atado a la suerte de su par iraní si en algún momento descarrila del camino de la paz. Pero si Brasil es capaz de introducirse exitosamente como potencia mediadora en los conflictos de Medio Oriente y consigue que Irán, sin abandonar su plan nuclear, ofrezca garantías sobre el mismo a la comunidad internacional, habrá ganado la estatura de potencia global que está buscando, no sin razón.

viernes 13 de noviembre de 2009

FUTUROS PROMISORIOS

Uruguay, Chile y Brasil se acercan a las elecciones que definirán quiénes serán sus nuevos presidentes. Pero más allá de las figuras, aparecen sociedades involucradas con el rumbo de su país.
Los uruguayos se encuentran en la recta final del proceso electoral que el 29 de noviembre determinará qué persona y qué proyecto político sucederá al actual mandatario Tabaré Vásquez. El presidente del Frente Amplio dejará su cargo en marzo de 2010 y ostenta un índice de popularidad del 71 por ciento. La constitución uruguaya no ofrece la posibilidad de la reelección y, en lo personal, Vázquez desalentó cualquier otro medio para perseguir ese objetivo. Quizás sea justamente por eso que mantiene tan alto grado de respaldo popular.
El gobierno de Vázquez -el primero del Frente Amplio- demostró que un grupo de centro izquierda, diferente de los partidos políticos tradicionales, quizás un poco heterogéneo, era capaz de gobernar y de sostener el rumbo del país, añadiendo una labor social largamente postergada. En las elecciones generales celebradas en octubre, los uruguayos manifestaron sus preferencias mayoritarias por el candidato del Frente Amplio, José Mujica y por el del Partido Nacional -o Blanco- el ex presidente Luis Lacalle. En el fondo existe una pugna entre aquellos uruguayos con una concepción más tradicionalista y aquellos con una idea más renovadora de la política. Sin embargo, hay temas comunes en los cuales, en términos generales están de acuerdo. Sólo por poner un ejemplo, desde hace más de treinta años Uruguay se proyectó como un país productor de pasta de papel. En aquellos años se plantaron los árboles que hoy la empresa Botnia utiliza para su producción. Ni el Partido Colorado, ni el Partido Blanco ni el Frente Amplio discuten sobre eso.
Lo que decidirán los uruguayos el 29 de noviembre es si le dan continuidad a una forma o a otra de llevar adelante el “proyecto Uruguay”, en el que todos mayoritaria o minoritariamente se sienten embarcados.
Los chilenos enfrentan un desafío diferente. Con la elección presidencial del 13 de diciembre posiblemente comiencen a dar vuelta la página del “post-pinochetismo”. Chile conserva aún muchos nichos autoritarios originados en la dictadura de Augusto Pinochet entre 1973 y 1990. Recuérdese además que en el caso chileno la dictadura militar cedió la conducción política a los civiles sin las mismas presiones que en otros países de América Latina. Las Fuerzas Armadas todavía conservan un poder imposible de soslayar, sustentado principalmente en que su presupuesto se nutre de un porcentaje fijo de la principal exportación chilena, el cobre. La dictadura pinochetista dejó numerosos enclaves autoritarios en la política y la sociedad chilenas. Muchos de ellos han sido superados, otros no. La posibilidad de que la centro derecha acceda al poder tras casi 20 años de gobierno de la Concertación, indica claramente una evolución de las tendencias políticas en Chile. La Concertación de Partidos por la Democracia, aglutina a varios partidos, los más importantes la Democracia Cristiana y el Partido Socialista. La centro derecha había conservado hasta la actualidad resabios autoritarios. El mérito del empresario Sebastián Piñera consiste en haber dotado a la centro derecha chilena, encarnada en la agrupación Renovación Nacional, de una ética más democrática y de una estética muy similar a la de las derechas anglosajonas.
Simultáneamente, de la mano de Marco Enríquez Ominami, parece estar floreciendo una nueva centro izquierda en Chile, más comprometida con los cambios sociales que la Concertación y surgida como un desprendimiento crítico de ella.
El surgimiento de una centro derecha y una centro izquierda más dinámicas y comprometidas, sitúa a la Concertación en la necesidad de un replanteo y una adecuación a las preferencias de los chilenos. Su candidato, el ex presidente Eduardo Frei, no consigue recuperar los votos que le sustrae Enríquez Ominami por la izquierda, ni arrebatarle los que concentra Piñera por la derecha. Los últimos sondeos de opinión le otorgan alrededor del 36 por ciento de las preferencias a Piñera, aproximadamente un 26 por ciento a Frei y entre 14 y 18 por ciento a Enríquez Ominami. Las proyecciones plantean un escenario de segunda vuelta electoral entre Piñera y Frei con una intención de voto del 49 por ciento para el primero y 42 por ciento para el segundo. Sea quien fuere el ganador, deberá ponerse a la altura de Michelle Bachelet, quien dejará su cargo sin posibilidad de reelección, ostentando un 78 por ciento de popularidad.
Sin embargo, nadie discute el extraordinario posicionamiento internacional de Chile ni su apertura al mundo. Tampoco el desarrollo macroeconómico del país. No está en tela de juicio el “proyecto Chile”, aunque queden pendientes aún el desarrollo de mecanismos que traduzcan más equitativamente al conjunto de la sociedad esos éxitos macroeconómicos y el desalojo definitivo de los enclaves autoritarios, herencia de un pasado al cual ningún chileno sensato desea retornar.
Por otro lado, las elecciones presidenciales en Brasil serán en octubre de 2010. Falta tiempo todavía. No obstante, el primer mandatario, Luiz Inácio “Lula” Da Silva, quien concluirá su segunda presidencia con un índice de popularidad superior al 80 por ciento -es quizás el presidente con mayor popularidad en el planeta- y sin posibilidades de otra reelección, intenta que su partido pueda continuar con su labor. Su preferida para sucederlo es la Jefa de Gabinete, Dilma Rousseff. Sin embargo, se encuentra en una posición de vulnerabilidad. Además de las lógicas batallas internas que debe enfrentar para quedarse con la candidatura presidencial, en abril se conoció que padece -aunque tratable- un cáncer linfático. El oficialista Partido de los Trabajadores debe enfrentar además la candidatura extrapartidaria del ex ministro de Lula, Ciro Gómez, quien amenaza con absorber a muchos de los votantes del oficialismo. Es por eso que el primer mandatario se encuentra abocado a sellar una alianza política con el Partido del Movimiento Democrático Brasileño para las elecciones de octubre del año entrante. La oposición, encarnada en el Partido de la Social Democracia Brasileña, presenta a la fecha como precandidato presidencial a José Serra, actual gobernador del Estado de Sao Paulo y ex ministro de Fernando Henrique Cardoso. Serra ya perdió una elección presidencial ante Lula en 2002. A pesar de ello, es un candidato instalado popularmente y Brasil contiene varias historias de candidatos persistentes que finalmente alcanzaron la primera magistratura del país, Lula entre ellos. Asoma sin embargo otro candidato en el mismo partido con un apellido ilustre. Se trata de Aecio Neves, nieto por vía materna de Tancredo Neves, el primer presidente electo de la democracia en 1985, quien falleció antes de asumir el cargo. Aecio Neves es gobernador de uno de los más importantes Estados de Brasil, Minas Gerais, al que le devolvió en dos períodos consecutivos credibilidad y obras públicas. Redujo a cero un alarmante déficit fiscal, volvió a pagar los sueldos del sector público antes del quinto día de cada mes tras 10 años de irregularidades y consiguió crédito para el Estado tras 14 años sin que nadie se animara a prestarle. Fue reelegido gobernador con el 77 por ciento de los sufragios.
El presidente y los candidatos oficialistas y opositores trazan estrategias políticas para el futuro, pero nadie discute la inserción de Brasil en el mundo como potencia no ya regional sino mundial. Lula introdujo en Brasil una dosis de justicia social que faltaba, sin por ello atentar contra los intereses macroeconómicos que permitieron que Brasil dispute actualmente espacios de poder con las principales potencias de la Tierra. El desafío de su sucesor será el de conducir el rumbo del “proyecto Brasil” tan bien como él.
Uruguay, Chile y Brasil son países con proyección, se “eyectan hacia adelante” siguiendo un rumbo, una orientación sobre la cual están mayoritariamente de acuerdo la comunidad y la conducción política. El hecho de que despidan a sus presidentes con altísimos índices de popularidad es un claro indicador de que saben que deben seguir adelante y por el mismo camino independientemente de las figuras. “Fue muy bueno, pero debemos seguir adelante por el camino propuesto” parece ser el mensaje. A veces no es tan importante continuar un poco más hacia la derecha o hacia la izquierda, sino hacerlo hacia adelante. Eso es lo que hace que Uruguay, Chile y Brasil, tengan a pesar de la incertidumbre electoral del momento, futuros promisorios.

viernes 23 de octubre de 2009

EL ARDUO CAMINO DE LA PAZ

Los gobiernos de Rusia y los Estados Unidos finalmente han mancomunado esfuerzos para intentar resolver el conflicto abierto por el plan nuclear de Irán. Una red de negociaciones se oculta detrás, en la cual, aunque escondidos, afloran los intereses de uno y otro.
Tras largas negociaciones, el gobierno ruso aceptó la propuesta de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), con vistas a enriquecer uranio iraní en su territorio, para luego devolverlo a Irán garantizando a la comunidad internacional que el uso que se le dará será exclusivamente civil.
La necesidad iraní de desarrollar energía nuclear es real. El país exporta su petróleo y no posee los medios adecuados para refinarlo. Debe comprar combustibles en el exterior a mayor costo. Simultáneamente, los ingresos que deja la exportación de petróleo son notorios. Si Irán produce energía a bajo costo -como la nuclear- le permitiría resolver sus problemas energéticos internos y quedarse con las ventajosas diferencias producto de la exportación petrolera, cuyo destino es principalmente, China e India, dos de las principales potencias emergentes del planeta.
Sin embargo, el gobierno de Irán deja demasiados aspectos librados a la sospecha. Hace poco tiempo anunció la existencia de una nueva planta de enriquecimiento de uranio vecina a la ciudad sagrada de Qoms. El anuncio se produjo cuando el uranio enriquecido -que puede ser utilizado para fines civiles pero, en gran cantidad, también con fines bélicos- ya se estaba produciendo.
Surgen entonces algunas preguntas.
¿Tiene derecho Irán a producir energía nuclear? La respuesta es sí. Y así parece entenderlo la comunidad internacional, incluido el gobierno de Barak Obama -no sucedía lo mismo con la administración Bush.
¿Tiene derecho Irán a producir energía nuclear con fines bélicos? Aquí se suscita el conflicto, porque la teocracia iraní genera una profunda desconfianza no solamente en los Estados Unidos e Israel -su mayor aliado en Medio Oriente- sino en la mayor parte de la comunidad internacional. Es por ese motivo que se le piden permanentemente garantías al gobierno de Irán. El mecanismo tradicional implica inspecciones periódicas por parte de la OIEA, a las que las autoridades del país se han negado sistemáticamente, abriendo más aun la brecha de la desconfianza.
En realidad, no hay inocentes en la historia. El gobierno de los Estados Unidos acorrala a Irán siempre que puede desde la revolución islámica de 1979 que derrocó el gobierno de su aliado, el Shá Reza Pahlevi. Además, los Estados Unidos no acaban de reconocer que la crisis energética a la que se enfrenta el mundo, donde los recursos tradicionales -petróleo y gas natural- se encaminan a su extinción y su reemplazo por nuevas formas de energía, son las que han movilizado su accionar bélico en Oriente durante los últimos años. Desde los Estados Unidos se presiona a Irán, pero sin contar que la racionalidad del gobierno iraní es diferente de la occidental. Irán se defiende atacando. Ataca financiando a grupos islámicos radicalizados, la mayor parte de ellos considerados terroristas por Occidente.
¿Qué tiene que ver Rusia en esta historia? En primer lugar, que sostiene viejos y estrechos vínculos con el gobierno de los ayatollás. En segundo lugar, que las diferencias entre su gobierno y el de los Estados Unidos fueron tan marcadas durante la administración Bush, que recordaron lo peor de la Guerra Fría. El más claro exponente de la mutua desconfianza entre las dos mayores potencias militares del globo, fue expresado por el intento del gobierno de George W. Bush de imponer un “escudo antimisiles” en Europa Oriental bajo la fachada de la defensa de eventuales ataques procedentes de Irán o Corea del Norte. La visión de la crisis energética global de la administración Bush consistió sencillamente en apropiarse la mayor cantidad de fuentes energéticas tradicionales a cualquier precio, incluida la guerra. Así procedió y así disputó espacios de poder en Oriente y el Cáucaso con Rusia, en el territorio de varias de las ex repúblicas soviéticas. Ese era el fin real del escudo antimisiles, amedrentar y hacer retroceder a Rusia. Por supuesto que esa conducta denotaba un escaso o nulo conocimiento de la idiosincrasia rusa.
Fue necesario un cambio político en los propios Estados Unidos para que la situación se encausara. Si un mérito ha cosechado el gobierno de Barack Obama es el de ser mucho menos hipócrita que el de su antecesor. Obama ha ensayado desde el inicio de su mandato un discurso conciliador con Irán y con Rusia. Es menos conciliador con los conservadores gobernantes en Israel. Y finalmente le ha dado una muestra tangible a Rusia de su buena voluntad al descartar el mentado escudo antimisilístico. Eso le producirá algún descontento con los gobiernos de Polonia y la República Checa, países en los que se emplazarían los misiles interceptores y los radares respectivamente, pero ya se estudian alternativas para minimizar el descontento. Gracias a estas medidas, el gobierno estadounidense ha obtenido el apoyo de su par ruso en la búsqueda de una salida negociada al conflicto nuclear con Irán.
Se ponen entonces de manifiesto tres cuestiones. En primer lugar, es evidente que la administración Bush mentía con respecto a la necesidad del establecimiento de un escudo antimisiles. En segundo lugar, Rusia resulta imprescindible al momento de encontrar una salida negociada. En tercer lugar, es necesario que el gobierno iraní deje de engañar a la comunidad internacional y abra el juego de su plan nuclear para llevar confianza al resto del planeta.
Ahora, la OIEA espera recibir una respuesta definitiva por parte de los gobiernos de Francia, Estados Unidos, Rusia y -principalmente- Irán, a su propuesta de acuerdo consistente en que dicho país enriquezca su uranio en territorio ruso. Es tiempo de que las buenas intenciones den paso a las demostraciones. Barak Obama dio el puntapié inicial, el gobierno ruso se sumó a la iniciativa. La pelota está ahora en el campo de la teocracia iraní, que tiene una oportunidad histórica para demostrarle al mundo que no hay nada que temer.
En caso contrario, el conflicto podría ingresar en una pendiente preocupante y adquirir dimensiones globales, principalmente si se tiene en cuenta que el gobierno de Israel ha anunciado que no esperará a que Irán desarrolle una bomba nuclear y sería capaz de actuar militarmente contra Irán el año entrante si las condiciones no están dadas para garantizar su seguridad.
Lamentablemente, los últimos atentados perpetrados en Irán por grupos terroristas ligados a una vertiente islámica divergente con la gobernante teocracia chiita, generan inquietud y harán más tensa la espera hasta que finalmente las autoridades del país se expidan.
El camino que conduce a la paz siempre resulta arduo.

viernes 25 de septiembre de 2009

O MAIS GRANDE DO...

Brasil ha dado en los últimos tiempos distintas señales de una vocación de poder que lo llevó a situarse entre los países más importantes de la Tierra.
No es ninguna novedad que la de Brasil sea la mayor economía de América Latina y la segunda del continente, detrás de la de los Estados Unidos. De acuerdo a datos del Banco Mundial, la economía brasileña es actualmente la octava a nivel mundial. Se estima además que éste año, el Producto Bruto Interno (PBI) crecerá alrededor del 3,5 por ciento, dejando atrás la recesión y la crisis económica y financiera global.
Con una economía en expansión, un comercio exterior en crecimiento, una población que se acerca a los 190 millones de personas, una industria desarrollada y una insoslayable dosis de coherencia política, Brasil se ha convertido en una de las potencias de segundo orden mundial junto con Rusia, China e India, aunque detrás -por ahora- de los Estados Unidos, la Unión Europea y Japón.
El dato novedoso en los últimos tiempos es que la dirigencia brasileña ha acentuado notoriamente su disposición a disputar espacios de poder en América Latina para, desde allí, proyectarse mejor a un plano de liderazgo global.
En los últimos meses, Brasil ha adquirido armamento. Los motivos son dos. Por un lado, controlar las fronteras, amenazadas por la guerrilla y el narcotráfico colombianos, la creciente presencia de militares estadounidenses en ese mismo país y la adquisición de armamento ruso por parte del gobierno del venezolano Hugo Chávez. Con ese objetivo, adquirió aviones no tripulados al gobierno israelí. Por otro lado, para posicionarse globalmente y para proteger sus reservas petrolíferas, acordó con el gobierno de Francia la adquisición de cuatros submarinos, el primer submarino nuclear de su flota, cincuenta helicópteros y en breve incorporará también aviones. La novedad de estos acuerdos con Francia, consisten en que Brasil adquirirá la tecnología para fabricar todo ese armamento en su territorio. Brasil se convierte así en la segunda potencia militar de América.
Políticamente, la diplomacia brasileña, caracterizada por la mesura y siempre dispuesta a aportar sus buenos oficios a los países de la región, mediando entre las partes en conflicto cada vez que se lo requiriera, parece encontrarse en un proceso de profundización de su protagonismo. Así lo demuestra su reciente intervención en la crisis política hondureña. Al prestar su embajada en Tegucigalpa para albergar al presidente depuesto, Manuel Zelaya, la diplomacia brasileña se introdujo de lleno en un conflicto en el cual, deliberadamente, decidió dejar de ser espectadora.
No se sabe aún como hizo Zelaya para llegar hasta la embajada brasileña en la capital de Honduras, pero resulta evidente que contó con el respaldo de la diplomacia y las autoridades de Brasil. Más aún, el propio presidente Luiz Inacio “Lula” da Silva, expresó que Zelaya podía permanecer en la embajada todo el tiempo que fuera necesario. Este hecho, aparentemente menor, contiene varios mensajes implícitos que ameritan una lectura minuciosa.
En primer lugar, la dirigencia política y la diplomacia brasileñas intervienen en un conflicto interno -aunque con repercusiones regionales- tomando parte por uno de los sectores en pugna. Brasil apoyará una salida negociada entre las partes, pero albergando a Zelaya en su embajada -es decir, en su propio territorio- demuestra su compromiso con la institucionalidad y las reglas de juego de la democracia. El dato es importante porque la diplomacia carioca se ha mostrado tradicionalmente contemplativa con regímenes autoritarios -como el cubano, por ejemplo- y empieza a dar señales de un mayor compromiso con la democracia en la región.
En segundo lugar, hay un mensaje velado para el gobierno estadounidense. Ante la tibieza con la cual la administración Obama condenó al golpe de Estado que expulsó del poder a Manuel Zelaya y la inacción que mantuvo durante los tres meses posteriores, el gobierno del presidente da Silva muestra determinación y compromiso para encontrar una solución definitiva. Brasil deja de actuar como “delegado” de los Estados Unidos para mantener en orden el “patio trasero”. Comienza a conducirse como el “dueño del patio”, al cual, naturalmente, quiere mantener ordenado.
En tercer lugar, hay un mensaje sutil en sus formas pero contundente en su fondo para el gobierno de Hugo Chávez: si hasta ahora a Zelaya lo patrocinaba Venezuela, a partir de ahora, lo patrocina Brasil. De esta manera y sin declaraciones rimbombantes, Brasil le está manifestando a la comunidad internacional y muy especialmente a sus pares latinoamericanos, que no le va a permitir a Chávez hacer lo que quiera. Puede permitirle al mandatario venezolano abusar de su verborragia, pero le está dejando en claro que Brasil tiene poder y autoridad y no va a permitirle hacer cualquier cosa.
Pese a encontrarse aún muy lejos de constituirse en el país “mais grande do mundo”, Brasil ya es el país “mais grande do América Latina”. Su crecimiento económico ha sido fundamental en ese proceso, pero lo que ha ido en consonancia con esa mejoría ha sido la vocación de poder y la coherencia de su dirigencia política. El ejemplo más fiel de esa dirigencia es, indudablemente, su presidente. “Lula” ostenta actualmente, tras siete años en el poder y con el desgaste que implican dos gestiones consecutivas, un índice de aprobación de su gobierno que ronda el 80 por ciento. Prácticamente en ningún lugar del planeta se registran cifras similares.
El presidente ha sido capaz de ceñirse a las reglas de juego de la democracia pese a las voces que le proponen vulnerar la Constitución Nacional para postularlo a un tercer período consecutivo. Ha sido capaz de articular un fenomenal crecimiento económico sin renunciar a sus principios ideológicos cuyo vértice es la justicia social. En Brasil mejoran los indicadores macroeconómicos al tiempo que mejora -lentamente, pero sin pausa- la situación social de los más desfavorecidos. Sin apelar a la desmesura en sus expresiones públicas, “Lula” es contundente en los hechos. Planes sociales consistentes, políticas confiables, determinación en sus posturas ante el mundo.
Brasil es la locomotora de América Latina. Para los países de la región ha llegado el momento de decidir si subirse o no al tren. De lo contrario, quedará constituirse en “furgón de cola” o en adoradores de la principal potencia de la Tierra, la cuál suele estar ocupada en cuestiones mucho más importantes que en ver qué le sucede a los países del cono sur del continente.